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El término sociobiología

Posted in Una visión general de la relación del hombre con la naturaleza on 30 mayo, 2010 by Yo por la naturaleza

Origen del término

El término sociobiología se acuñó por Edward O. Wilson en su libro Sociobiology: The New Synthesis de 1975; los antecedentes del pensamiento sociobiológico incluyen la obra de Robert Trivers y William D. Hamilton. El libro popularizó la intención de explicar la mecánica evolutiva detrás de los comportamientos como el altruismo y la agresividad de las hormigas principalmente y otros animales. El último capítulo se dedica a explicaciones sociobiológicas del comportamiento humano. Los sociobiólogos afirman que el comportamiento animal puede explicarse a partir de la selección natural, en términos de consideraciones evolutivas. La selección natural es fundamental a la teoría evolutiva y afirma que las características hereditarias que incrementan las posibilidades de supervivencia y reproducción serán más y mejor representadas en las generaciones subsiguientes, los atributos serán seleccionados. En tanto, mecanismos comportamentales heredados que permiten un organismo mayores posibilidades de sobrevivir o reproducirse muy probablemente estará presente en generaciones subsiguientes. Muchos biólogos aceptan que comportamientos hereditarios para la adaptación pueden presentarse en especies animales, pero la controversia se da en la aplicación del modelo evolutivo al ser humano, tanto dentro del ámbito de la biología evolutiva como desde la ciencia social.

Conquistar la naturaleza

Posted in Una visión general de la relación del hombre con la naturaleza on 7 mayo, 2010 by Yo por la naturaleza

La naturaleza ha sido agobiante y opresiva para el hombre durante milenios. Es verdad
que de ella extraía sus alimentos y los recursos que necesitaba, pero a la vez se le
manifestaba como peligrosa y caprichosa. Su vida estaba amenazada por las fieras; su
alimentación dependía de los caprichos de la meteorología; los incendios, riadas,
terremotos y otros accidentes naturales arrasaban sus viviendas y ciudades; las pestes y
otras enfermedades infecciosas diezmaban la población, … y todo esto sin entender
muy bien las fuerzas que la movían, siempre dependientes del capricho y el azar.
La necesidad de imponerse a la naturaleza es algo que muchos autores consideran que
está insertado en lo más profundo de la humanidad. Los diversos planteamientos de las
relaciones entre el hombre y el resto de la creación se pueden resumir en tres grandes
corrientes

1. El hombre dueño de la naturaleza sin condiciones.- Son los planteamientos en
los que se considera a la naturaleza como una fuente de recursos cuya única
función es suministrar lo que el hombre va necesitando. Es el punto de vista
dominante, en la práctica, en los últimos siglos. El conocimiento es el arte de
dominar sin condiciones la naturaleza y se considera que el desarrollo
técnológico traerá el progreso sin más que esperar a que vaya creciendo.

2. La naturaleza manda sobre el hombre.- En estos planteamientos el hombre es
un ser más dentro del conjunto de los seres naturales. Es sin más un animal con
unas peculiaridades evolutivas y, por tanto, está gobernado por las mismas leyes
que rigen en el resto de la naturaleza. Dentro de este grupo caben dos posturas
extremas que llevan a situaciones muy distintas:

— Ecología profunda.- La llamada "deep ecology" (ecología profunda), considera que lo valioso es el conjunto de la naturaleza y que la importancia del hombre es simplemente la de un ser natural más. Su
valor es el mismo que el de cualquier otra especie de ser vivo o, incluso, de ser inanimado. Se olvida o niega la naturaleza específica del hombre y lo valioso es la potencialidad evolutiva del conjunto de la biosfera.
Dentro de este planteamiento varios autores defienden disminuciones drásticas de la población humana hasta llegar a los 500 millones (algunos a los cien millones) de habitantes en la Tierra que son lo que consideran
compatible con una naturaleza no alterada seriamente por la humanidad.
–Sociobiología.- Una idea del hombre muy parecida a la de los defensores de la "deep ecology", es decir una concepción del ser humano como una especie animal más, sin diferencia radical con otras, lleva a otros autores al extremo opuesto. Se defiende que la ley natural por excelencia es la supervivencia del más apto y que, por tanto, el comportamiento de los
hombres -la sociología- está regido por la "ley del más fuerte", como el de cualquier otra especie. Consideran inevitable el egoísmo humano.
Algunas posturas extremas llegan a justificar formas de racismo o sistemas de poder basándose en estos planteamientos, al considerar que hay grupos humanos con mejores cualidades que otros y que son estos los que deben imponerse.

3. Personalismo.- En este planteamiento el hombre es considerado como persona,
en el sentido de que biológicamente es un animal, pero no se agota ahí su ser,
sino que como criatura creada por Dios a su imagen y semejanza, tiene una
dignidad radicalmente superior a todo el resto de los seres de la naturaleza. Su
trabajo es de cuidado y diligente administración de la naturaleza. No tiene un
dominio incontrolado sobre ella. Debe respetar sus leyes, que el hombre no ha
puesto, sino que le han venido dadas. El hombre depende de la naturaleza,
porque está inserto en ella, y es a la vez guardián de ella por su capacidad de
proyecto. En este contexto se entiende que el hombre sea el único ser que posee
deberes y obligaciones respecto de la naturaleza y que es responsable de su
actuación frente a ella. Por eso no cabe una actitud sólo consumista sino que
nuestra relación con la naturaleza debe enriquecer la personalidad humana,
aumentando nuestra libertad y nuestro conocimiento.

CULTURA Y ÉTICA

Posted in Una visión general de la relación del hombre con la naturaleza with tags on 5 mayo, 2010 by Yo por la naturaleza

UNA VISIÓN GENERAL DE LA RELACIÓN DEL HOMBRE CON LA

CIENCIA CULTURA Y MEDIO AMBIENTE

CULTURA Y ÉTICA


En esa trama sutil pero real se debe manifestar que no es posible rescatar la biodiversidad

natural sin rescatar simultáneamente la cultural. Cualquier esfuerzo por preservar y

restaurar la fauna, la flora y la belleza paisajística de un ecosistema incluye también los

seres humanos que lo habitan. Porque la especie humana, como genoma y como cultura, es

parte constituyente de la biodiversidad de un ecosistema. Las formas específicas de

adaptación del hombre al ambiente natural para sobrevivir, y las adaptaciones constructivas

que él mismo hace de su entorno para apropiárselo en busca de calidad de vida, son

generadoras de una complejísima red de símbolos que constituyen la cultura. Estas acciones

semióticas históricas de profunda raigambre territorial, de interacción humana con el

hábitat natural y construido, tipifican la forma particular de cultivo de la vida biofísica y

espiritual de una comunidad que la hacen tan diferente a otra. Es la cultura propia de esa

comunidad humana, enmarcada en un espacio y en un tiempo que le pertenecen y que la

diferencia de otros grupos humanos. Es su patrimonio.

La cultura es a la vez la humanización que el hombre hace de su ambiente y la

territorialización que del ambiente hace su hijo. Porque el hombre es uno de los frutos

típicos de la tierra, y en su avance cultural también favorece la tierra que lo brota. De allí

las etnias, con sus bagajes de ancestrales mitos que cultivan el prodigio de la vida, con

leyendas que explican su génesis con bellísimos rituales que celebran la feliz pertenencia al

misterio del entorno, y de las invisibles redes sociales que estructuran, al pueblo con el

pueblo.

En la cultura se da la compresión del mundo y de sí mismo. La interpretación de la vida. En

ella, el niño crece y aprende las cosas más serias de lo humano y lo divino, en un proceso

lúdico que incluye hasta las fatigas adultas del trabajo. El hombre crea y se recrea en la

cultura. Evoluciona con ella. Hace su mundo imaginario -su cosmovisión-, eslabonando la

adustez del suelo con la ilusión de un cielo promisorio, para terminar siendo hecho por el

mundo fabricado en sus deseos. Y así construye su proyecto de humanización, en la

búsqueda del horizonte precario que va logrando dibujar con el conocimiento científico y la

sabiduría.

La cultura es la matriz interpretativa del pasado de una comunidad, y el vector que la

conduce hacia el futuro. Esa matriz está compuesta por la jerarquía de valores que,

partiendo de la conciencia individual sobre lo que es bueno y es malo, se comparten con el

grupo de pertenencia, dan soporte al inconsciente colectivo, y sobre los cuales se organizan

las instituciones que reproducen dichos valores y los transforman evolutivamente. Los

valores se manifiestan en creencias, en costumbres, en actitudes y en normas de

comportamiento que hacen que el individuo se identifique con el todo social. Los valores

permean la lengua, la música, la religión, la estética, la ciencia, el trabajo, las fiestas, la

organización política, la educación, la familia, en síntesis, el todo social.

La bioética ambiental, a la luz de los anteriores criterios, encamina todos sus esfuerzos al

rescate de los valores, no sólo de la diversidad biológica y de la calidad de lo abiótico que

le da soporte, sino también del pluralismo cultural, sin el cual no podríamos estudiar y

preservar juiciosamente la naturaleza, para ser cultores de la vida.

REFLEXIÓN DESDE EL ESPACIO DE LO SAGRADO

Posted in Una visión general de la relación del hombre con la naturaleza on 4 mayo, 2010 by Yo por la naturaleza

UNA VISIÓN GENERAL DE LA RELACIÓN DEL HOMBRE CON LA

CIENCIA CULTURA Y MEDIO AMBIENTE


Se considera tan angustiosa y complicada la situación para el hombre de hoy y del futuro,

que se invita a reflexionar y a proceder ubicando a la ecología como nuevo espacio de lo

sagrado, a un reencuentro con Dios, desde la perspectiva de la naturaleza agredida,

vulnerada, que clama junto con los pobres por una justicia y una reconciliación que les

están siendo negadas. La Tierra está enferma, el planeta y sus habitantes están amenazados,

pero, por sobre todo los pobres del mundo, porque, dos terceras partes de la humanidad

viven en la miseria y sesenta millones de personas mueren cada año de hambre o como

consecuencia del hambre. Los pobres son los seres más amenazados. El ser humano, el más

complejo de la creación, se ha planteado ya la cuestión de una ecología social, es decir, de

unas relaciones justas que propicien vida, bien común no sólo para los humanos, hombres y

mujeres, sino también para la naturaleza y todos sus seres y relaciones.

Frente a esta situación se apela a la ecología. Los ecólogos estaban trabajando en silencio,

pero ahora hablan. Elaboran un discurso de una ecología política, ecología urbana, ecología

mental, ecología tecnológica, ecología profunda y también de una ecoteología. Es

importante considerar que la ecología no reduce su ámbito de reflexión y acción a lo verde

de la naturaleza. No. La ecología trabaja las relaciones que todos los entes, todos los seres,

particularmente los vivos, mantienen con su entorno. Fundamentalmente, la ecología es el

arte, la técnica de las relaciones de todos con todos.

 

Si algo hemos aprendido de la moderna cosmología, es decir, de la moderna visión del

mundo que proviene de la física cuántica, de la biología molecular, de la nueva

antropología o de las reflexiones ecológicas, es que todo tiene que ver con todo, en todos

los puntos y en todos los momentos. Estamos envueltos en una inmensa red de relaciones, y

nada ni nadie existe fuera de esas relaciones. La ecología dice fundamentalmente eso. La

palabra “ecología” está muy emparentada con la palabra “economía”, porque tanto una

como otra vienen de la misma raíz griega que quiere decir “casa humana”. El punto es

llegar a construir la casa, una casa que no es tan sólo mí casa, ni la casa de mis padres, sino

la casa humana como planeta, donde se pueda convivir en armonía, paz y justicia, donde

haya alegría para habitarla y no existan amenazas.

Por eso se nos desafía a tener solidaridad generacional con aquellas personas que todavía

no han nacido. Tenemos que aprender a amar lo invisible y a defender la Tierra para que así

quienes vengan después no nos vituperen porque les entregamos como herencia un mundo

inhóspito e inhabitable, una pésima calidad de vida.

 

Desde esta concepción se estima que la pregunta adecuada tendría que ser ésta: ¿cómo

nosotros, desde nuestra fe, desde el capital simbólico que hemos acumulado en dos mil

años de vivencia y reflexión, hacemos nuestra aportación, al lado de cuantos también están

preocupados por la Tierra, para gestar juntos una habitación donde todos puedan estar, en la

que no haya comunitarios y extracomunitarios, no haya africanos, españoles o turcos; En la

que sólo haya ciudadanos humanos, hermanos y hermanas, que sea una gran casa común,

una gran familia? Esta es la mentalidad, la revolución molecular que tenemos que

desarrollar cada uno de nosotros si queremos estar a la altura de los retos que nos vienen de

la realidad y no permanecer fijados en nuestros intereses mediocres con categorías del pasado,

incapaces de entender lo que el espíritu nos indica de la realidad. Es decir, debemos

aceptar el desafío, ponemos en una situación de crisis, porque son las crisis las que nos

hacen pensar, las que nos obligan a desarrollar actitudes nuevas, exactamente para

enfrentarlas y superarlas

ACTITUDES Y HECHOS EN AMÉRICA LATINA Y COLOMBIA

Posted in Una visión general de la relación del hombre con la naturaleza on 3 mayo, 2010 by Yo por la naturaleza

UNA VISIÓN GENERAL DE LA RELACIÓN DEL HOMBRE CON LA

CIENCIA CULTURA Y MEDIO AMBIENTE

 

Para el caso de América tropical se juzga, que la esperanza de la Tierra está vinculada al

establecimiento de un nuevo orden económico internacional, pero por encima de ello, está

atada a una concepción diferente del desarrollo. Es indispensable recuperar la cultura como

un instrumento de adaptación al medio y de acoplamiento a las leyes de la vida. Esa es una

responsabilidad inherente a la universidad. Se insta a reconstruir los neolíticos del Trópico.

El desarrollo no puede seguir dando la espalda al bosque tropical húmedo ni internándose

en él para convertirlo en desierto. Es indispensable frenar la caótica expansión de las

ciudades y convertir de nuevo el hábitat en una morada para el hombre y no en una

autopista para la velocidad ostentosa. Hay que retomar al criterio de la producción agrícola

orientada a la satisfacción de las necesidades biológicas del hombre y no a la reconversión

energética para satisfacer la demanda proteínica de las minorías. Que el alimento sirva para

unirnos y no para ensanchar el camino de la violencia. Todo ello requiere de conciencia y

voluntad política. El futuro de la Tierra está indisolublemente vinculado a la construcción

de una nueva sociedad.

Haciendo alusión a nuestro continente, se dice que históricamente la población de América

Latina y el Caribe ha estado animada por una relación profunda, casi religiosa, entre el

hombre y su medio ambiente.


La región Latinoamericana y del Caribe dispone de los recursos naturales y del potencial

humano que podrían sustentar un desarrollo a largo plazo. Sin embargo, los problemas

ambientales se han acrecentado paulatinamente. La deforestación es, posiblemente, el

problema más álgido y urgente, que tiene su origen en causas tales como: presiones para

obtener más tierra para cultivos, expansión de la ganadería, especulación de tierras y

crecimiento de la población. El proceso de urbanización ha avanzado aceleradamente. Las

ciudades crecen a un ritmo muy superior a las posibilidades que tienen los países de

dotarlas de infraestructura, servicios y fuentes de trabajo. Gran número de ciudades

importantes sufren la contaminación del aire y del agua con serios efectos sobre la salud y

las expectativas de vida de la población. La contaminación industrial, que afecta aguas,

suelos y aire, es un fenómeno que se ha extendido prácticamente a toda la región.

Otros problemas ambientales globales como el calentamiento del planeta y el

adelgazamiento de la capa de ozono de la atmósfera, afectan a la Región de manera

creciente, no obstante que la participación en la acumulación de anhídrido carbónico y en la

producción mundial de cloroflurocarbonos y halones, sean relativamente bajas.

América Latina y el Caribe están perdiendo sus recursos culturales tan rápidamente como

su biodiversidad. El patrimonio cultural restante está hoy en acelerado riesgo de extinción.

La región posee una diversidad cultural y ecológica que puede ser aprovechada con

imaginación y creatividad y no simplemente enfrentada con modelos homogeneizados,

ajenos a la misma. Se impone una mayor eficiencia en el uso de los recursos, a través de

una gestión ambiental más racional y prudente, que reconozca la diversidad natural y

sociocultural, junto con una verdadera selección de los sistemas tecnológicos que se

empleen para la utilización de los recursos naturales. Las tecnologías deben consultar la

realidad integral, siendo preciso rescatar aquellas surgidas localmente en el pasado,

mejorándolas con el concurso de la ciencia y la tecnología modernas, en una concepción e”

que anime el diálogo de saberes.


Desde la perspectiva de la ecología, hay una corriente de pensamiento que plantea que la

ecología en sí no encierra ningún discurso específico.

Su “discursividad” depende, por tanto, del marco conceptual en donde se inserta el

conocimiento ecológico. Esos marcos conceptuales están dominados en América Latina por

la “economía del crecimiento” que en sus diversas expresiones convierte a la naturaleza y al

ser humano en simples medios para alcanzar determinadas metas cuantitativas. En las

últimas décadas ha comenzado a tener lugar, también en América Latina, “un estilo de

pensamiento que pretende subvertir el sentido puramente cuantitativo de la economía

política vigente y que, integrando la técnica ecológica, busca crear las bases para una nueva

“Segunda Crítica de la Economía Política” que incorpore la noción de lo incuantificable -la

naturaleza no tiene precio en la reformulación de una teoría del valor”.

Si en algunos países el descrédito respecto a los procesos de modernización es grande,

cabría esperar que en países pobres, como son los latinoamericanos, el escepticismo frente

a la “ideología del progreso” debería ser mucho mayor. Esto es sin embargo relativo. Por

cierto, hay una larga resistencia de campesinos e indígenas frente a los avances de la

modernidad, que data desde la fundación de las propias repúblicas, resistencia que exige,

entre muchos otros puntos, el respeto por los fundamentos naturales de la existencia

humana.

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en algunos países europeos, en América Latina

los temas ecológicos están haciendo recientemente su entrada en política; al menos en la

política oficial. El hecho expuesto no deja de llamar la atención si se considera que los

efectos de la devastación ecológica en América Latina parecen ser mucho más graves que

en otros lugares de la Tierra. Sin embargo, esta misma constatación puede ser deducida

como una de las razones principales que explican la marginación de los temas ecológicos

respecto al mundo de la política. En efecto, los daños ecológicos en América Latina han

alcanzado tal magnitud, que tomarlos en cuenta significaría admitir el fracaso de proyectos

económicos que se vienen poniendo en práctica desde ya hace mucho tiempo. En otras

palabras, asumir en su verdadera intensidad la temática ecológica implicaría, además,

asumir un “nuevo tipo de radicalidad social” que pocas fuerzas políticas establecidas en los

gobiernos o en la oposición, podrían asumir sin caer en el peligro de negarse a sí mismas o,

por lo menos, sin cuestionar su propia historia. Porque si ha habido un continente en que la

modernidad, en sus formas industrialistas y “desarrollistas”, fue convertida por “expertos”

económicos y políticos en una especie de religión, ése es América Latina.

No hay que olvidar que en nombre de la civilización y el progreso durante el Siglo XIX en

nuestro continente fueron diezmadas las poblaciones aborígenes, y sus tierras convertidas

en propiedad de los grandes hacendados, quienes, apoyando a conservadores o a liberales,

contaron con el beneplácito de los respectivos Estado “nacionales”. Hoy es importante

recordar estos hechos, sobre todo cuando se quiere inculpar del genocidio de las

poblaciones indígenas sólo al colonialismo español o portugués. La marginación y el

aniquilamiento sistemático de las poblaciones autóctonas, llevados acabo en la mayoría de

nuestras repúblicas durante el Siglo XIX, tienen muy pocos parangones en la historia.

Del mismo modo, en nuestro siglo y en nombre del “desarrollo”, han sido destruidos

sistemáticamente fundamentos de subsistencia natural de poblaciones agrarias, lo que

obligó a campesinos e indígenas a invadir ciudades, convertidas hoy en metrópolis

productoras de miseria social y ecológica. En cada ciudad latinoamericana la miseria y la

“informalidad”, lejos de ser fenómenos colaterales al “desarrollo”, constituyen su verdadera

realidad, consecuencia también de la destrucción ecológica, pero inadvertida por los

“economistas del crecimiento”.

Asumir la cuestión ecológica o, por lo menos, tomar algunos de sus enunciados en serio,

significaría, pues, la negación de gran parte de la lógica en que se han basado las políticas

de desarrollo en nuestro continente. Sería reconocer la bancarrota del “desarrollismo”, en

sus expresiones de “derecha” y de “izquierda”, lo que a su vez significaría reconocer lo

superfluas que son las cuantiosas inversiones de dólares en programas e institutos “de

desarrollo”. Así, la ecología no puede ser para los “desarrollistas” sino una palabra de moda

a la que hay que desautorizar “científicamente” (y cuando no se pueda, utilizar

demagógicamente), aduciendo que ese es un lujo que solamente se pueden dar los países

ricos, ya que ” nuestro” principal problema es “la superación de la miseria”, lo que sólo

es posible con el desarrollo, entendido éste como “crecimiento económico”. Que

precisamente la destrucción de la fuente de todos los capitales y de los fundamentos

materiales de la reproducción social, la naturaleza, impide la formulación de una verdadera

política económica, es un “detalle” que la absurda “cientificidad desarrollista” no se

encuentra en condiciones de captar.

Colombia, a pesar de ser una nación con recursos naturales excepcionales, al punto que se

la ha llegado a considerar como un paraíso ambiental y como un banco inmensurable de

materias primas, no es ajena a la problemática ambiental, cuyos orígenes, se dice, como en

casi todos los países del mundo están enraizados profundamente en el crecimiento de la

población humana en un espacio físico finito.

Colombia es el segundo país del mundo, después del Brasil, rico en megadiversidad, donde

aún habitan 10 de cada 100 especies reconocidas, y donde por lo menos una tercera parte de

ellas es única y no se encuentra en otras regiones del globo terráqueo. La cuenca selvática

del litoral pacífico llamado Chocó Biogeográfico”, y la porción amazónica que le

corresponde a nuestra nación, son dos territorios privilegiados de gran reserva biótica. Pero

si seguimos talando las selvas chocoanas al ritmo actual de 20.000 hectáreas anuales, en 30

años sólo tendremos un paisaje desolado pantanoso. Y si continuamos fumigando con

glifósato las plantaciones de coca, destruiremos no solamente la biota, sino también las

comunidades humanas que habitan las zonas.

Insistiendo en la biodiversidad y en la pérdida de capital natural se debe considerar que el

aumento de la población ha generado presión sobre la frontera agropecuaria, presión que se

ha visto aumentada por el problema de tenencia de la tierra. Surge así como un gran

problema, ya mencionado para el Continente, la desaparición de grandes áreas de bosques

nativos, cuya recuperación en los trópicos parece una utopía, dada la complejidad casi

infinita de las relaciones bióticas y abióticas propias de estos bosques. Como se podrá

comprender, el empobrecimiento que ocurre en estas condiciones no sólo es de carácter

biológico, sino de carácter abiótico, ya que la deforestación es apenas un eslabón de la

cadena de problemas ambientales, entre los que se cuentan la erosión, las inundaciones en

épocas de lluvias y la escasez de agua en épocas secas, el aumento de plagas y, con ello, el

congruente aumento de los plaguicidas e insecticidas para combatirlas. Este incremento en

el número de plagas como consecuencia de la disminución de la diversidad es una lección

fundamental de la ecología, la cual no parece haber tenido eco.

El problema anterior se agrava por efecto de las prácticas industriales y agropecuarias, que

consuetudinariamente se han basado en tecnologías importadas que se han introducido al

país para aplicación indiscriminada, sin considerar sus bondades y desventajas. El caso de

la importación de pesticidas y demás compuestos químicos para la agroindustria, es quizás

el más importante y difícil de manejar y de hacer llegar al público en general, pues forma

parte de la “ecología invisible”.

Estas dificultades de orden ambiental, sino se adoptan los correctivos del caso, se van a ver

agravadas por la internacionalización de la economía y por la entrada de Colombia al

mercado de consumo. Mientras que en Colombia y en otros países en vías de desarrollo se

lucha por entrar en el mercado de consumo, aquellos que están pasando por esta tendencia

buscan alternativas a esta “moda” y la única respuesta parece ser la disminución del

consumo.

En el medio urbano -hábitat-, el razonamiento de la problemática ambiental es muy similar

y, en algunos casos es un reflejo de la problemática del medio natural y rural. En Colombia,

los problemas ambientales en las áreas urbanas se han generado en parte por la migración

desde los campos, la cual es el resultado de los problemas de tenencia de la tierra y, más

recientemente, el producto de los problemas de violencia. El hacinamiento de personas de

bajos recursos en áreas de las ciudades donde no se planearon asentamientos humanos,

genera problemas ambientales de toda índole: desechos y basuras, contaminación de aguas

y aire, falta de acueducto y alcantarillado, de sistemas de transporte, de escuelas y centros

de salud. Debajo de este patrón no siempre es que haya un problema de planeación de los

centros urbanos, sino un problema de aplicación de la legislación.

Aunque las razones que se han presentado para discernir acerca de la problemática

ambiental de Colombia son válidas, no pueden constituir la explicación total del asunto, si

ellas no son atravesadas por la dimensión o mejor la visión cultural. Una concepción y una

política ambiental al margen de los recursos culturales, se ha expresado, sólo nos mostrará a

mediano plazo un cambio de resultados pírricos, como que se pasaría de un desarrollismo

ordinario a un naturalismo analfabeto. Esta visión puede resultar al final en conflicto,

porque conlleva la exclusión del diálogo entre las culturas involucradas en el proceso de

reconciliación con el contexto total. Significa renunciar a las bondades de la concertación

social. “En últimas, es la reproducción del modelo autoritario de las relaciones Norte-Sur,

en versión autocolonialista: el centro metropolitano redimiendo a la periferia. En este país

vivimos la paradoja de querer saltar a la posmodernidad, pero aferrándonos a una vocación

de autosujeción”.

Es menester que con humildad y con sentido de lealtad hagamos una lectura juiciosa del

pasado, que nos permita reconocer el legado y las enseñanzas que dejaron en el territorio

colombiano quienes lo habitaron desde tiempos inmemoriales, gente que se sabía y se

sentía hermana de la tierra. Reichel Dolmatoff hace un profundo llamado en este sentido:

“Yo diría que el gran legado del indio consiste en la manera como comprendió y manejó

esta tierra. El largo camino que recorrió el indio colombiano desde las cuevas de El Abra

hasta el templo del Sol- constituye una gran enseñanza ecológica para nuestra época, ya que

nos muestra los fracasos y los éxitos, los errores y los logros de aquellos hombres que, con

sus mentes y sus manos, supieron adaptarse a una naturaleza bravía y, al mismo tiempo,

crear sus culturas, sin que en el proceso sufrieran las selvas y las sabanas, como sufren hoy

en día. El legado consiste en la manera como apreciaron y explotaron los diversos

medio-ambientes de las costas y de las vertientes, de las selvas y de los altiplanos, como

supieron extraer de ellos su sustento sin destruir la fauna; como conservaron la tierra con

sus terrazas y canales. Es esto lo que nos han dejado los indios… “

Los indígenas Kogui, de la Sierra Nevada de Santa Marta, Colombia, imbuidos por su

milenario respeto hacia la Madre Tierra, le hablan así a “Hermanito Menor” (los blancos):

“…Si no llegamos de común acuerdo a aprender la Historia para respetar y cuidar todos los

seres vivos, piedras, árboles, animales y gente, el final de este mundo se acerca. Por eso se

habla mucho de aprender, de comprender la Historia, pues todavía es tiempo de vivir. No es

tiempo todavía de acabamos, de terminar. Por eso hay que enseñar y aprender unos a otros;

Hermanito Menor nos enseña y nosotros le enseñarnos. Sería un acuerdo espiritual y

material…”

CIENCIA CULTURA Y MEDIO AMBIENTE

Posted in Una visión general de la relación del hombre con la naturaleza on 2 mayo, 2010 by Yo por la naturaleza

UNA VISIÓN GENERAL DE LA RELACIÓN DEL HOMBRE CON LA

CIENCIA CULTURA Y MEDIO AMBIENTE

 

 

Al igual que la explosión demográfica, la revolución científica y Tecnológica empezó a

acelerarse durante el siglo pasado. Lejos de detenerse o frenar su avance, también esta

revolución ha pasado de pronto a crecer -n términos exponenciales. Por ejemplo, en

muchos campos de la ciencia ya es axiomático que ha habido más descubrimientos

decisivos en los últimos diez años que en toda la historia de la ciencia hasta ese momento.

Si bien ningún descubrimiento ha afectado por sí solo nuestra relación con el mundo como

lo han hecho las armas nucleares, no es menos cierto que, en su conjunto, han transformado

completamente nuestra capacidad de explotar la tierra en busca de alimentos, haciendo tan

impensables las consecuencias de una explotación incontrolada como las de un conflicto

nuclear fuera de control.

Por las circunstancias que rodean la actual difícil situación del planeta de la humanidad, es

que se insinúa que se debe entrar a reconceptualizar y, en consecuencia, a plantear una

ecología para el Siglo XXI, en razón de que durante buena parte del Siglo XX la ecología

se ha preocupado fundamentalmente de los problemas locales, tales como una población

animal específica en una reserva particular. Sin embargo, las ciencias del medio ambiente

-el estudio del clima o de la formación rocosa, por ejemplo apenas han prestado atención a

las posibles interacciones con la vida. Desde hace varios decenios los ecologistas y los

científicos del medio ambiente defienden el desarrollo de una nueva ciencia que tenga en

cuenta el ambiente en su globalidad; dicho de otra manera, una ciencia de la biosfera, el

sistema planetario, que incluya y permita la vida. Tal ciencia, necesariamente

interdisciplinaria, se plantea como indispensable para quien debe decidir y prever en

materia de medio ambiente. Se trata, en otros términos de establecer las bases de una

política que permita el mantenimiento le un medio ambiente de calidad. Asimismo se trata

de evitar los efectos indeseables del poder humano sobre el medio terrestre y de prever las

consecuencias de nuestras acciones.

Se reclama una ciencia que pueda explicar los complejos lazos entre vida y medio

ambiente, a escala planetaria. El desarrollo de una ciencia nueva de la biosfera es un gran

desafío para los próximos decenios. Si la vida y la biosfera son indisociables, nuestras

ciencias también deberían serlo En el pasado diversas disciplinas han analizado aspectos

concretos tic este sistema. Los biólogos estudiaban el reparto y las características de la vida

sobre la Tierra, aunque sin relacionarlas con los procesos globales tic¡ medio ambiente.

Inversamente, los que estudian la atmósfera apenas se preocupan del eventual efecto de la

vida sobre el clima. La nueva ciencia que está por nacer deberá integrar éstas y otras

disciplinas.


Se impone un cambio de mentalidades, porque no se dispone todavía ni de la teoría, ni de

los datos necesarios para un análisis científico sólido de los procesos del medio ambiente a

escala planetaria. Para desarrollar una verdadera ciencia de la biosfera deben ampliarse e

integrarse las ciencias del medio ambiente recíprocamente durante el Siglo XXI. Esta nueva

ciencia deberá incluir una teoría de la dinámica espacial y temporal de los fenómenos

ecológicos, que estará construida sólidamente sobre datos esenciales de la biosfera, cuya

evolución cuantitativa tendrá que ser vigilada.

Se dispone, se ha dicho, de los instrumentos necesarios -computadores, dispositivos

sofisticados de análisis químico, observación por satélite, etc. -, pero es necesario cambiar

nuestras mentalidades y nuestros programas científicos para poder recoger datos que

permitan establecer una nueva teoría de la ecología global. Si la próxima generación de

científicos logra liberarse de las ideas antiguas, podrá establecer dicha teoría.

Y si se observa con algún detenimiento el papel que ha jugado la humanidad y más

concretamente el hombre en todo este estado de cosas, hay quienes consideran que el

antropocentrismo, problema con muchas aristas, hace parte de la crisis de la cultura.

Porque, en atención a esta concepción, poco a poco la naturaleza quedó en manos del

hombre; y así en pleno Siglo XX esto se exacerbó con las concepciones reduccionistasmecanicistas

y sus implicaciones éticas. El análisis de cómo se fueron desarrollando en

general las concepciones antropocéntricas hasta derivar en una concepción utilitarista y

hedonista, es un ejercicio muy importante a desarrollar para hacer plena conciencia acerca

de la crisis espiritual, la pérdida de valores y del sentido de la vida.

El predominio de la razón ha convertido a los hombres en seres completamente

egocéntricos. Quizás esta racionalidad egocéntrica es la que ha generado concepciones

antropocéntricas que en últimas han desarrollado toda una cadena de tragedias, conflictos,

concepciones utilitaristas que fácilmente han afianzado una fragmentación de la conciencia

humana; de tal forma que es muy común que pensemos una cosa, sintamos otra, digamos

otra y hagamos otra. Esta es la raíz psicológica de todos los conflictos: la

incoherencia. Por ello, tal vez somos completamente indiferentes a la destrucción de la vida

humana y al arrasamiento de la naturaleza y, por eso, hemos perdido el respeto por la vida a

pesar de que siempre la llevamos para todas partes.

Pero, se tiene que admitir también, que el desarrollo científico y técnico ha dinamizado

creativamente la sociedad y enriquecido las culturas y las civilizaciones. Ha ido

construyendo un mundo hacia la superación de la necesidad, hacia el logro de las

condiciones de cumplimiento pleno de la libertad humana. Pero la ciencia y la tecnología

operan como fuerzas productivas bajo las determinaciones del capital y los centros de poder

internacional. Por esta razón, es pertinente realizar constantemente la pregunta a la ciencia

y a la tecnología sobre su naturaleza y sus funciones que no son virtuosas ni neutras en sí

mismas.

Una visión sistémica de la historia de las relaciones del hombre con la naturaleza debe

considerar tres grandes períodos. El primero, denominado biocenosis, es aquel en que el

hombre forma parte integrante del ecosistema y tiene relaciones armónicas con la

naturaleza. Hace aproximadamente diez mil años, se inicia el período de la domesticación

de la naturaleza, que tiene sobre ella un impacto cada vez más fuerte, hasta llegar a la crisis

actual con todo el desarrollo de la tecnología. El tercer período corresponde a la toma de

conciencia acerca de los problemas ambientales y se inicia hace muy poco tiempo, en la

década de los setenta.

Ahora que nuestra relación con la Tierra viene experimentando un gran cambio, debemos

comprender sus implicaciones. El reto consiste en reconocer que las alarmantes imágenes

de destrucción medioambiental son síntomas de un problema de fondo más amplio y grave

que nunca. El calentamiento planetario, el agujero en la capa de ozono, la extinción de

especies, la deforestación tienen un origen común: la nueva relación entre la civilización y

el equilibrio natural de la Tierra.

El reto en cuestión tiene dos elementos. El primero consiste en damos cuenta de que nuestra

capacidad de dañar el planeta puede tener efectos globales e incluso permanentes. El

segundo consiste en percatamos de que el único modo de comprender nuestro nuevo papel

de coarquitectos de la naturaleza pasa por sabemos parte de un complejo sistema que no

funciona según las sencillas reglas de causa y efecto a las que estamos habituados. El

problema no radica tanto en nuestro efecto sobre el medio ambiente como en nuestra

relación con el mismo. En consecuencia, cualquier solución deberá tener muy en cuenta

esta relación así como la compleja interrelación de los factores propios de la civilización y

la de éstos con los principales componentes del ecosistema planetario.

Se ha señalado, que la verdadera solución ha de pasar por reinventar y sanear

definitivamente la relación entre la civilización y la Tierra, lo cual implica una minuciosa

revisión de todos y cada uno de los factores responsables del cambio que ha afectado de

forma drástica y relativamente reciente a esta relación. Y aunque esta transformación

conllevará necesariamente al desarrollo de nuevas tecnologías, más importantes serán los

cambios que deberá experimentar nuestra concepción de la relación antedicha.

Si se acepta que el problema ambiental que hoy vive el mundo requiere la formación de una

nueva sociedad, nos situamos necesariamente en el horizonte de la cultura. En estas

condiciones se puede intentar una historia ambiental, que en opinión de un estudioso

colombiano de esta temática debería contener, entre otros, los siguientes temas: el estado

de los ecosistemas y su influencia en la formación de los sistemas culturales, la

transformación del medio debida a la orientación de la cultura y la manera como la

naturaleza se venga de las construcciones culturales que sobrepasan sus propios márgenes

ambientales. Lo anterior, con relación al hecho de que la crisis ambiental moderna, que

debe asimilar las experiencias del pasado, está exigiendo una nueva manera de comprender

y de construir los sistemas culturales del hombre.


En la misma dirección se argumenta, que la resiliencia cultural frente al medio es frágil.

Puede desmoronarse, porque el hombre no halla los medios tecnológicos o las formas

organizativas y los instrumentos teóricos para superar la crisis. Lo que hace diferente al

peligro actual de los anteriores es que este último se convirtió en planetario y abarca la

totalidad del sistema vivo. Igual que en el pasado, la exigencia radica en hallar los

instrumentos culturales adecuados para la supervivencia… de la propia vida. Ello no está

garantizado. La crisis ambiental radica en el hecho de que no necesariamente se tiene

garantizado el éxito. Aunque no se debe olvidar que “la incertidumbre es la raíz de la

creatividad cultural”.

UN PUNTO DE PARTIDA

Posted in Una visión general de la relación del hombre con la naturaleza on 1 mayo, 2010 by Yo por la naturaleza

UNA VISIÓN GENERAL DE LA RELACIÓN DEL HOMBRE CON LA

NATURALEZA


UN PUNTO DE PARTIDA

Hace veinte mil años que el hombre, donde quiera que se encontrase, era “forrajeador” y cazador, y su técnica más avanzada era la de incorporarse a un hato errante. Hace diez mil años ya había cambiado y empezado, en ciertos lugares, a domesticar algunos animales y a cultivar ciertas plantas. Este, entonces, es el cambio a partir del cual despega la civilización.

Resulta extraordinario pensar que sólo en los últimos doce mil años principió la civilización, tal como la entendemos. Todo ello coincidía con la última glaciación, a cuyo epílogo, el hombre se encontró de pronto con una tierra fértil y rodeada de animales, hecho que lo llevó a adoptar un estilo de vida diferente.

Esto generalmente se denomina “la revolución agrícola”, aunque otros prefieren llamarla

“la revolución biológica”. Se da un entrelazamiento, una especie de salto, entre el ‘cultivo de plantas y la domesticación de animales. A través de ella se evidencia la realización clave que hace que el hombre domine su ambiente en el aspecto más importante, no físicamente sino en el plano de los seres vivos, plantas y animales. Paralelamente surge una revolución social poderosa, ya que fue necesario que el hombre se estableciera. Esa criatura que había andado errante y emigrado durante un millón de años, habría de tomar una decisión crucial: dejar de ser nómada y convertirse en aldeano.

Los especialistas consideran que la agricultura ha sido la base de tolas las civilizaciones hasta el capitalismo moderno. En estas condiciones, a humanidad se permite asegurar permanentemente un importante excelente de víveres para lo cual depende sólo de su propio trabajo.

Además, esto hizo posible a las técnicas artesanales hacerse autónomas, especializarse y perfeccionarse. La sociedad podía alimentar a aquellos que no Participaban directamente en la producción de víveres. La ciudad podía separarse del campo. Al nacer la civilización nació el desarrollo. El hombre podía transformar y apropiarse de la naturalez para desarrollar la sociedad a través de la agricultura. Nacieron las clases sociales como producto de la división social del trabajo y del proceso de apropiación privada en torno a la agricultura surgen la ganadería, la caza y la pesca.

El establecimiento de la agricultura de irrigación y de barbecho significó un enriquecimiento, una transformación productiva de la naturaleza y hasta a “revolución industrial”, la agricultura fue la base del desarrollo de las civilizaciones Con la introducción del capital a la producción agraria se dio el proceso de l revolución agrícola en occidente y con la gran industria se aportó la maquinaria, base constante de la agricultura capitalista, lo que, a su vez, determinó la formación del mercado interior para el desarrollo del capital industrial.

La sociedad humana es un producto combinado de la evolución natural y del desarrollo social. De allí deriva su doble naturaleza.

En consecuencia las actividades propias del hombre y de manera especial los procesos productivos, que constituyen la base de la riqueza y el progreso social deben considerarse desde esta perspectiva de integracióndialéctica recíproca de lo natural y lo social, aspectos que simultáneamente se contrapone y se identifican, pero en donde la parte social juega el papel .-terminante.

Como el hombre depende de la naturaleza en la consecución de su medios de vida, inexorablemente entra en la compleja red que interconecta totalidad de los elementos bióticos y abióticos del sistema ecológico terrestre, pero con una propiedad cualitativamente diferencial respecto a los demás animales, como que, por su condiciónsocial y racional, su situación no es pasiva, sino profundamente

El hombre es la única especie viviente con capacidad para transformar conscientemente el mundo: la naturaleza, la sociedad y el pensamiento Dicha propiedad no puede concebirse más que por medio de una organización económica, social, política y cultural, superior y diferenciable cualitativamente de la estructura biológica.

Con el avance de la ciencia, el hombre encontró interpretación cientí1 tica para muchos fenómenos que antes se atribuían a la Divinidad o a misteriosas fuerzas superiores. Se superaron así las concepciones según las cuales, los problemas se explicaban apelando a los mitos o a la magia y se asociaban al castigo de los dioses y a reacciones insólitas de la naturaleza.

A partir del Renacimiento el hombre vino a ser el centro de la cultura y del mundo; las ciencias naturales fueron adquiriendo consistencia gracias as en especial a Descartes, Bacon y Galileo; ellas comenzaron a explicar y a medir los fenómenos físicos a partir de las leyes de la naturaleza y a utilizarlas para importantes inventos. En el Siglo de las Luces, como es conocido, se exaltó la razón; lo científico era aquello susceptible de medirse y cuantificarse; a juicio de algunos, el Dios de la era precientífica ya no se necesitaba para suplir la ignorancia humana y, a renglón seguido se conceptúa, que la ciencia moderna ha quedado, sin pretenderlo y sin reconocerlo, supeditada a un mundo inhumano, violento e injusto donde el lucro, el crecimiento sin límite, la guerra y una industria obligada a producir masivamente e insensible a la belleza y a la vida han venido contaminando y comprometiendo el equilibrio del planeta.

La naturaleza pasó a ser en la nueva era tecnológica e industrial apenas fuente de materia prima para la producción y para el lucro. El actual sistema económico sacrificó el ambiente y con él al propio hombre, sin tomarse siquiera el trabajo de calcular lo que esto cuesta en términos puramente económicos.

Se conformó una verdadera “ideología de dominación de la naturaleza” que es el “soporte de un modo de producción, cuya sed de lucro y desarrollo irracional están provocando no sólo la pauperización de la población del planeta, sino que ha llevado a la depredación y contaminación de la naturaleza … poniendo en peligro la vida de todos los sectores de la población humana, y esta vez, no sólo la vida de los pobres”.

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