EL PENSAMIENTO AMBIENTAL

Una aproximación al origen de la crisis ambiental

El pensamiento ambiental, según los estudiosos de este tema, es un planteamiento en

formación, que para consolidarse, todavía encuentra en su camino muchos obstáculos de

orden epistemológico.

Es preciso tener en cuenta que el manejo tecnológico, motor del desarrollo actual, supuso

una profunda desacralización de la naturaleza a través de la ciencia. El pensamiento mítico

tenía mucha más posibilidad de entender el mundo como sistema. La ciencia moderna tiene

que entrar a desmitificar los sistemas naturales, proceso difícil y posiblemente una de las

aventuras más riesgosas e interesantes del hombre.

Se considera, sin embargo, que fue todavía más complejo desacralizar al hombre mismo.

También se opina que no es posible entender la filosofía moderna, sin descubrir entre

bambalinas el significado de esa lucha. Se agrega, además, que la formación de la filosofía

moderna tiene un trasfondo ambiental que aún está por estudiarse. Su pregunta básica es

cómo articular al hombre al sistema de la naturaleza. Si se observa desde esta perspectiva,

se puede comprender la posición de filósofos como Descartes o Kant para situar al hombre

dentro del sistema natural, sin que por ello pierda sus derechos, legítimos o no, al dominio

del mundo.

Se juzga que el pensamiento ambiental incipiente impulsado por Spinoza, sucumbe con la

posición filosófica de Kant, que representa, a no dudarlo, el fundamento más claro del

paradigma epistemológico de la modernidad. Con él se instala en la ciencia moderna la

separación entre ciencias de la naturaleza y ciencias del “espíritu”, que no se refieren, como

podría creerse, a la teología o a las ciencias del más allá, sino a las disciplinas que estudian

al hombre. De esta manera, el análisis del comportamiento humano se desliga de sus raíces

naturales y las ciencias humanas subyacen en el sobrenaturalísimo filosófico, del cual no se

han logrado separar todavía o se han separado por la vertiente del reduccionismo.

Al optar por este análisis el interés estriba en las consecuencias de este hecho para la

construcción de la perspectiva ambiental y para la formulación de una metodología

interdisciplinaria de análisis. La dificultad de construir una ciencia sistémica, aquella que

trabaja sobre sistemas complejos, como son los que tiene que enfrentar el estudio del medio

ambiente, proviene de la tajante separación todavía persistente, entre ciencias naturales y

ciencias del hombre.

Estas consideraciones resultan importantes para entender las dificultades del parto de la

conciencia ambiental contemporánea y las diferentes perspectivas ambientales, muchas

veces contradictorias, que se ventilan en lo que alguien denomina “las discusiones de la

endogamia ambiental

El estudio de la ecología es indispensable para quien desee entender la problemática

ambiental. En un tono un poco radical, se puede decir que el ecosistema no tiene problemas

ambientales en la concepción moderna del término. Por eso se sugiere hacer la distinción

entre lo que se denomina ambiente en ecología y la problemática ambiental propia de los

sistemas culturales.

Se puede argumentar en sentido opuesto, planteando que todo organismo transforma su

medio. Uno de los aspectos más interesantes y menos estudiados en medio ambiente es la

diferencia entre transformaciones ecosistémicas y transformaciones tecnológicas. Se ilustra

diciendo que la lluvia de meteoritos que posiblemente ocasionó la extinción de los grandes

reptiles de la era secundaria no significó un regreso en la evolución. Los nichos que

quedaron libres por la desaparición de los saurios, fueron invadidos por los mamíferos y

ello permitió su proliferación durante la época terciaria, hasta llegar al hombre. Este, por

tanto, no es un problema ambiental en el sentido moderno del término, sino un problema

evolutivo.

Lo que ha venido ocurriendo con las transformaciones inducidas por los sistemas culturales

es muy diferente. Modifican el sistema vivo en su totalidad. A medida que la naturaleza es

intervenida por la ola tecnológica, cada vez tiene menos posibilidad de regresar a las

condiciones primitivas, al menos mientras se siga ejerciendo dicha actividad.

En tanto no se comprendan las intrincadas articulaciones del sistema social, no es posible

entender la naturaleza en su conjunto, tal como existe hoy. Ello significa que el orden

natural incluye en la actual etapa evolutiva, el orden humano. Este último no coincide

necesariamente con el orden ecosistémico ni tiene porque coincidir. La solución al

problema ambiental no consiste en encajar al hombre dentro del ecosistema. No consiste,

por tanto, en saber “conservar”, sino en aprender a “transformar bien”. La especie humana

no tiene ninguna alternativa evolutiva, sino la transformación del orden ecosistémico. Ello

no depende de la mala voluntad del hombre o de su incapacidad para comprender el orden

natural. El orden humano también es parte del natural, que ha sido reformulado por el

mismo proceso evolutivo. Se juzga, que no hemos reflexionado suficientemente en lo que

significa el salto a la instrumentalidad desde la perspectiva evolutiva y las consecuencias de

este hecho sobre el método científico. Y se concluye diciendo que, sin este presupuesto de

análisis, es muy difícil entender en qué consiste la crisis ambiental.

La especie humana no tiene nicho ecológico. Esta es una conclusión cada vez más aceptada

en los círculos científicos, tanto sociales, como “naturales”. Ello significa que la adaptación

humana no se realiza a través de transformaciones orgánicas, sino a través de una

plataforma instrumental compleja y creciente que llamamos “cultura”. Esta plataforma de

adaptación no incluye solamente las herramientas físicas de trabajo, sino las formas de

organización socio-económica y esa compleja red de símbolos que cohesiona los sistemas

sociales. Así, pues, también las formas de organización social y de articulación simbólica

son estrategias adaptativas de la especie humana.

Ello no significa que el hombre pueda transformar arbitrariamente el orden ecosistémico.

Significa que la resiliencia ecosistémica no coincide con la resiliencia cultural.

Paulatinamente, los ecosistemas son ocupados tecnológicamente. Este es un hecho

evolutivo y ello no es ni bueno ni malo. Estamos frente a un nuevo orden inevitable de la

naturaleza, que es bueno diferenciar del orden ecosistémico y que para introducir claridad

podemos llamar “equilibrio tecnobiológico”, no simplemente “orden cultural”. El insumo

tecnológico transforma los equilibrios ecosistémicos y crea nuevos equilibrios artificiales

que sólo pueden sostenerse tecnológicamente. No podemos volver atrás. El hombre no

puede regresar al nicho de los primates fructívoros de donde se desprendió. El

ambientalismo no puede convertirse en un idilio ecosistémico.

El problema ambiental consiste, en que los equilibrios culturales tampoco pueden traspasar

ciertas barreras. La cultura tiene también límites de resiliencia, que aunque no coinciden

exactamente con los límites ecosistémicos, no por ello dejan de existir. La transformación

tecnológica de los ecosistemas tiene que crear nuevos equilibrios en los que sea posible la

continuidad de la vida. Ello nos plantea la existencia de la cultura como una estrategia

adaptativa.

El traspaso de los límites de resiliencia no significa necesariamente la catástrofe. Se insta a

liberar el ambientalismo de esa tendencia que anuncia cíclicamente el fin del mundo. Las

crisis ambientales que ha sufrido periódicamente el hombre han significado mas bien la

necesidad de profundas transformaciones culturales. Se argumenta diciendo que la historia

está llena de cementerios culturales y apenas ahora empezamos a comprender hasta que

punto, en muchas ocasiones, la muerte cultural ha sobrevenido por el predominio de

estrategias desadaptativas.

Las responsabilidades ambientales del hombre no podrán ser comprendidas mientras no se

entienda la cultura como una realidad evolutiva que tiene sus propias reglas de

funcionamiento. La cultura jalona una nueva etapa evolutiva y las responsabilidades

ambientales dependen de ese hecho poco comprendido, no sólo por el sobrenaturalísimo

filosófico, sino también por las llamadas ciencias naturales. Los mismos ambientalistas no

se plantean la crisis en esos términos y por eso sus soluciones no pasan de ser en ocasiones

más que simples reacomodos o sueños conservacionistas. Se trata de una etapa de la

evolución, ni mejor ni peor que las anteriores. Sólo distinta. Es difícil insistir, contra la

opinión generalizada, en ese hecho que puede ser mal interpretado desde cualquiera de los

compartimentos de la ciencia tradicional. El reduccionismo se niega a concederle al hombre

un privilegio tan amplio dentro del proceso evolutivo. No se trata, sin embargo de un

privilegio, sino de una inmensa carga de responsabilidades, que las ciencias sociales, al

menos en sus corrientes tradicionales, ni siquiera han percibido como problema.

Desde que el hombre empezó a darse cuenta que la vida le concedía una cierta ventaja con

relación a otras especies y comenzó, con el correr de los tiempos, a gustar de su

“sabiduría”, se autoproclamó rey de la creación sin mayores efectos solidarios para su

misma especie. Ya en nuestros días, el hombre, mucho más sabio ahora, pero más

ambicioso se embarcó en la empresa de la conquista total del bienestar. El fin era legítimo

pero los medios puestos en el propósito no estuvieron en armonía con la esencia biológica

de quien los accionaba.

De todas maneras, la totalidad de la naturaleza y, por tanto, el proceso evolutivo depende

cada vez más de la tecnología. Desde el momento en que aparece o se consolida la cultura,

la naturaleza viene sufriendo una constante transformación no sólo propia del desarrollo

moderno. Se puede plantear incluso que las transformaciones tecnológicas del neolítico,

con la invención de la agricultura y la domesticación de los animales, significaron, al

menos en algunos aspectos, un cambio ambiental más profundo que los producidos por el

desarrollo moderno

Una respuesta to “EL PENSAMIENTO AMBIENTAL”

  1. nancy elena cano grajales Says:

    si el hombre cambiara ese pensamiento de adquirir poder y riquezas, dejaría de dañar mas bosque y de acabar con nuestras especies nativas, cuando acabe con el medio ambiente; haber que va a comprar con todo el dinero acumulado y que va a hacer con las moles de cemento y con los autos mas lujosos del mundo.

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